Cusco
El sueño del naufragio
Por José Víctor Salcedo Ccama
Camino por la alameda Pachakuteq. Los bocinazos de los autos en hora punta caen como martillazos en el oído. Como detesto los sonidos fuertes, trato de alejarme del óvalo. Paso por el costado del Inka Pachakuteq y observo hacia el distrito de Santiago. En una gigantografía, en medio de avisos colorinches, Keiko Fujimori sonríe al lado de su padre, el exdictador Alberto Fujimori. La imagen, entre otras cosas, está acompañada de la frase: “La fuerza del orden”.
Ver a los Fujimori de antes y de ahora martilla los ojos y la memoria. El golpe me recuerda la dictadura, los crímenes y la corrupción. Lo perverso de los años noventa, a partir del cinco de abril de 1992, y lo canalla de una señora K que todavía no acepta sus derrotas. La gigantografía es la reivindicación del cinismo, el autoritarismo, la corrupción, la persecución de opositores, la compra de congresistas, jueces y medios, el saqueo de recursos públicos, los vínculos con redes ilícitas, el Grupo Colina, las masacres de La Cantuta, Barrios Altos y Pativilca, las esterilizaciones forzadas, los vladivideos, la captura de la democracia y la fuga al extranjero para no rendir cuentas.
De lo más canalla que tiene el país. ¿O no, Alfonso W. Quiróz?
Más tarde Miguel Torres, vicepresidente de la lista de Fuerza Popular, confiesa en televisión nacional el complot de la Fiscalía, medios de comunicación y políticos para sacar a Pedro Castillo (el del autogolpe fallido) de la presidencia.
La televisión transmite la campaña de Keiko Fujimori. Ella lustra zapatos, sonríe y posa para la foto. Se le borra la sonrisa cuando un periodista le pregunta sobre la confesión de Torres y el complot para sacar a Castillo. Contiene su rabia, arruga la frente, los ojos se le ponen blancos de blancos, ¡ay, si las miradas mataran!, y se le oscurece la cara.
Me desconecto por un viaje a comunidades indígenas de Megantoni, un pueblo adonde seguramente Keiko Fujimori llegaría y diría: “He tenido que venir hasta aquí”. Cuando vuelvo a conectarme veo que Fernando Rospigliosi, presidente del Congreso y defensor de las leyes procrimen, manda a callar e intenta golpear con un folder a un periodista. Le preguntan por qué pasó de ser un feroz crítico del fujimorismo a ser su feroz defensor. Me entero también de que Rosangella Barbarán, alumna de la Escuela Naranja, lleva a madres humildes a mítines en regiones para que parezcan concurridos. La farsa es difundida por los medios. El mismo guion de los noventa.
En ese instante me acuerdo de los diarios chicha y de los dueños de canales de televisión recibiendo fajos de dólares en la salita del SIN. El Comercio, Perú 21, América TV, Canal N, Willax y Panamericana se concentran en Roberto Sánchez, como si fuera el único candidato de la segunda vuelta. Que Sánchez apoya a los mineros informales e ilegales, que es cierto, pero más apoyo les da, en bloque, la bancada de Keiko Fujimori. Que su plan de gobierno amenaza la economía, que es posible, pero las leyes que aumentan el riesgo fiscal son obra del fujimorismo. Que Sánchez es la amenaza del comunismo chavista y castrista.
Y, en contraste, como en la época de las geishas del chino, la señora K es presentada en «reportajes» como la única opción ante la amenaza roja. Ocultan el pasado más pasado y el pasado reciente de la orgullosa heredera de la dictadura.
Esquivo los vehículos que han invadido el crucero peatonal. Quiero escapar del caos. Ojalá fuera así de sencillo huir del otro caos. Del caos de los Fujimori de hace más de tres décadas. Escapo de los bocinazos que me atormentan. Mientras camino pienso que, quizá, huyo para no seguir viendo la gigantografía. En la noche soñaré que he muerto, que el bote en el que huía, no sé por qué, hacia Megantoni, naufragó.