Cusco
El Q’eswachaka dejará de renovarse: el dinero pone en pausa una tradición de siglos
• La suspensión del Festival Folklórico de Q’eswachaka 2026 se debió a la falta de reconstrucción del último puente inka del mundo. Así se interrumpe una práctica colectiva reconocida por la UNESCO por la transmisión de conocimientos y la identidad de cuatro comunidades quechuas.Durante siglos, junio significó trabajo compartido en Quehue (Canas). Las familias de cuatro comunidades recolectaban la q’oya, la trenzaban hasta convertirla en sogas, los maestros tejedores dirigían la reconstrucción y las comunidades celebraban al final de la jornada. Este año, por segunda vez en mucho tiempo, ese ciclo quedó en suspenso. La anterior ocurrió durante la pandemia del coronavirus.La Municipalidad Distrital de Quehue anunció la suspensión del Festival Folklórico de Q’eswachaka 2026 y, con ello, la no renovación del último puente colgante inka construido íntegramente con fibras vegetales.La decisión se tomó el diez de junio, durante una reunión de emergencia realizada en la explanada del puente. Autoridades comunales y políticas, representantes del Frente Único de Defensa de los Intereses de Quehue (FUDIQ) y la Subprefectura Distrital acordaron que no habrá renovación.Detrás de esta decisión aparece un conflicto económico. El alcalde distrital, Walter Oroche, explicó que la renovación anual depende del trabajo conjunto de las comunidades campesinas de Huinchiri, Chaupibanda, Choccayhua y Ccollana Quehue. Pero, este año, una de ellas exigió el pago de 150 soles por persona para participar en la reconstrucción. La municipalidad no cuenta con presupuesto para asumir ese gasto y que tampoco existe un mecanismo legal que lo permita.Ni los ruegos convencieron a los comuneros. El cronograma original establecía que los trabajos debían iniciarse el jueves 11 de junio y culminar el domingo 14 con el festival central.*El puente Q’eswachaka*En 2013, la Unesco inscribió los conocimientos, técnicas y rituales vinculados a su renovación anual en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esta práctica, señaló el organismo internacional, constituye una expresión viva del vínculo entre las comunidades y su entorno natural, su historia y sus tradiciones. Resaltó también que fortalece los lazos sociales, reafirma la identidad cultural y garantiza la transmisión intergeneracional de conocimientos.La renovación duraba tres días. Durante ese tiempo, hombres y mujeres cumplían funciones específicas heredadas de generación en generación. Las familias cortaban la q’oya y elaboraban sogas de unos setenta metros. Bajo la dirección de dos chakaruwaq o maestros constructores, esas sogas se convertían en seis grandes cables que sostienen la estructura. Luego, los especialistas tejían el piso y las barandas desde ambos extremos del desfiladero sobre el río Apurímac. Cuando terminaban, las comunidades celebraban con música, danzas y comida.La celebración era el punto culminante de un proceso mucho más largo. Varios estudios y testimonios demostraban que la preparación de la renovación se extendía durante casi seis días. Los rituales previos, la recolección de materiales, la elaboración de las sogas y la organización comunal involucraban a centenares de personas y estructuraban buena parte de la vida colectiva del distrito. Por eso, lo que hoy está en riesgo no es solo una infraestructura.*El afán económico*Las comunidades perciben ingresos por el turismo asociado al puente. El acceso cuesta 20 soles para visitantes extranjeros y 10 soles para nacionales. Las cuatro comunidades reciben cada año entre 100 000 y 150 000 soles, recursos que distribuyen entre los comuneros como un bono.La continuidad de esa tradición ahora gira alrededor del dinero. Una práctica que durante siglos se sostuvo a partir del trabajo recíproco y de obligaciones comunales ahora pretende ser convertida en una fuente de dinero.Es una paradoja. El Q’eswachaka fue reconocido por la UNESCO porque representa cooperación, reciprocidad y transmisión de saberes. No como un espectáculo turístico ni una obra de ingeniería aislada. Era la demostración práctica de que una comunidad puede sostener una tradición a partir del trabajo colectivo y del compromiso con su memoria.Cuando una práctica de este tipo empieza a medirse en términos económicos, cambia su significado. El ayni —la ayuda mutua que sostiene gran parte de la organización andina— cede espacio a una lógica de transacción capitalista. Deja de importar qué aporta cada quién para preservar una herencia común y e impone cuánto vale participar en ella.Pero las tradiciones no desaparecen de un día para otro. Empieza cuando se debilitan los acuerdos, se interrumpe la transmisión de conocimientos y las nuevas generaciones dejan de reconocerlas como parte esencial de su vida.¿Se puede revertir esta decisión? No se sabe. Por el momento, todo hace prever, el 2026 quedará como el año en que el último puente inka dejó de renovarse.
Redacción La Última