Cusco
El canto de las ch’ayñas que abre el corazón del Cusco
Un grupo de cantoras y músicos varones interpretan himnos en quechua en Lunes Santo, día en que la imagen católica más venerada de la Ciudad Imperial del Cusco sale en procesión y bendice a los cusqueños.
Por José Víctor Salcedo Ccama
Entré a la Basílica Catedral del Cusco cuando el aire se había cargado de incienso. Ese aire se había espesado y se movía suavemente entre las columnas. La luz de las velas sobre los candelabros caía oblicua sobre el altar mayor y rebotaba en el pan de oro de los adornos barrocos del recinto, mientras los rezos se extendían entre la multitud de fieles apilados uno detrás de otro. La ciudad había despertado con la sola idea de reencontrarse con el Taytacha de los Temblores. Me puse a orar de pie. Fue entonces cuando escuché un hilo agudo, como un suspiro; luego, otro que sonaba a respuesta. Me pareció que dos bandadas de aves se buscaban en la casa de Dios. Me pareció que ese canto venía de algo muy antiguo o profundo.
Me quedé quieto por un momento. Luego busqué el origen de esos cantos. Entonces alguien, muy cerca, susurró: Ch’ayñamusun, que en español quiere decir “vamos a cantar”.
Era una mujer ni tan joven ni tan mayor. Era una ch’ayña. En el campo, las ch’ayñas son jilgueros, aves pequeñas de timbre agudo que alegran la vida; un Lunes Santo en la Catedral, las ch’ayñas son mujeres de voces melodiosas y finas que cantan alabanzas al Taytacha. En el campo, los jilgueros son famosos por su canto alegre; en la casa de Dios, entonan cantos que parecen un ruego, un rezo, un lamento.
Las ch’ayñas son protagonistas en la misa del Lunes Santo y en octubre, cuando cantan himnos para el patrón jurado de los cusqueños. Sentadas en ambos lados del altar principal, bañado en pan de oro, las cantoras y sus músicos acompañan la misa central con sus trinos, que son aleluyas.
En un momento trinan las ch’ayñas apostadas a la derecha (paña) del Taytacha; después, las de la izquierda (lloq’e). Cantan himnos católicos en quechua que embellecen el ritual de la misa.
Son voces agudas que entonan himnos en la línea melódica de la primera voz. Los músicos tocan instrumentos como el pampapiano (piano de suelo), quenas fabricadas en tubo, a diferencia de las cañas de bambú, y el acordeón. Los tañidos del arpa indígena y los agudos del violín y la mandolina se trenzan con las voces de las cantoras en una sinfonía celestial.
La intensidad del canto abarca la Catedral. Desde el recinto, más de doscientos mil católicos acompañan la procesión del Taytacha por las calles de la capital del Tahuantinsuyo.
Himno de himnos
El intercambio de trinos ocurre entre el mediodía y las dos de la tarde. Ese periodo se conoce como la velada o reunión de los devotos. En ese encuentro, los músicos y las cantoras le cantan a la imagen sagrada.
Enrique Pillco Paz escribió una tesis en 2000: “La velada consiste en la realización de un conjunto de comportamientos orientados al logro de una satisfacción mística para las participantes”.
Cuando uno escucha a las ch’ayñas, siente que se le abre el corazón. Un cineasta me dijo que prefería estar alejado de actividades religiosas católicas. Sin embargo, reconoció que cuando escuchaba a las ch’ayñas caía rendido. “Cura el alma”, me dijo a manera de confesión.
No mentía. Si uno escucha el Apu yaya Jesucristo, siente de inmediato que se le acordeona el corazón.
Apu yaya Jesucristo /Señor mío Jesucristo
Jespichijniy Diosnillay / mi Dios Redentor.
Rikraykita mastarispa / Con tus brazos abiertos
Jampuy churiy nihuachcanqui / me dices: ven, hijo mío.
Cómo no rendirse, entonces, al canto de las ch’ayñas. El Apu yaya Jesucristo ha sido considerado como una de las más hermosas piezas sacras en el idioma quechua. Una oda dedicada a Jesucristo, escrita por el ayacuchano fray Luis Jerónimo de Oré (1554-1630). De Oré fue un notable miembro de la primera generación de intelectuales hispano-criollos e hijo de uno de los hombres más ricos de Huamanga del siglo XVI.
El contenido de este himno es la súplica al mismo corazón de Jesucristo. Ricardo Castro Pinto, músico, actor y bailarín popular, escribió las partituras de casi todo el repertorio.
“El contenido de este himno es la súplica al mismo corazón de Jesucristo”, conceptuó Castro Pinto, “a la ternura que emana de la cruz y la confianza de los pobres en el Señor”.
Se sabe que Castro Pinto nació en el barrio de Toqocachi (San Blas), el 7 de febrero de 1916, y murió el 1 de setiembre del 2011; que, en 1950, después del terremoto, empezó a rescatar cantos y rezos antiguos en quechua; que, en aquella década, compuso y desarrolló la música típica incidental para la primera película grabada enteramente en quechua: Kukuli, de Luis Figueroa y Eulogio Nishiyama.
La música sacra andina, según varios estudios, tuvo dos momentos. El primero corresponde a la época en que los españoles la usaron con fines de catequización y el segundo, durante la evangelización. Dicen también que la música religiosa en quechua nació de una combinación de estilos gregorianos (canto llano, simple) con una fuerte influencia andina, como el yaraví, el huayno y el kashua.
Alguien me dijo que el que canta ora dos veces. Basta con escuchar a las ch’ayñas para entenderlo.